martes, 1 de noviembre de 2011

Diario de Exia Tulis - 01/11/2011

Por un día tengo que parecer normal, por una vez debo fingir que no había ocurrido nada, que sigo siendo humana. Por mis padres y mi hermanito, no puedo permitirme que ellos también rocen la locura. Nos dirigimos a la montaña, vamos a pasar el día en el campo, disfrutando del aire puro del otoño temprano y tratando de no pensar en nada. Nadie habla en el coche. Papá y mamá no saben si quererme y Jay no entiende nada... Él es el único que, a pesar de notar que algo ha cambiado, me sigue tratando igual. Le quiero mucho y no me imagino una vida sin él. Jaycee tiene 12 años y es un niño listo y cariñoso, lleno de energía. Su risa me sabe a gloria...

El tiempo pasa pero todo sigue igual. Los árboles se mueven muy deprisa en dirección contraria a nosotros junto a la carretera, y veo sus hojas, todas y cada una de sus ramas, sus nudos, nervios y vetas. También los otros coches se mueven muy rápido, pero no lo suficiente como para escaparse de mi visión instantánea, cinco veces mayor.

Veo que nos acercamos a un puente, una serie de arcos que suergen del cauce seco de un río y que se alzan más de cincuenta metros de alto. Impresiona. Y nos acercamos a él. Al comenzar a cruzarlo, me asomo a la ventanilla tratando de ver el fondo y captar esa sensación de adrenalina... Lo oigo antes de verlo. Un sonido de rozamiento, al límite de echar chispas. Me giro y ahí viene: un deportivo amarillo chillón se acerca a toda velocidad, indiferente a las señales de ochenta por hora, superando los ciento cincuenta. Los coches se apartan a su paso a duras penas, pero espero ver pronto al deportivo frenar, frente a él nos encontramos nosotros parados, hay atasco. Por eso no dije nada, tenía que frenar. Pero no lo hizo. Llega cual misil ruso y choca contra nosotros, nos arrastra y nos lanza al vacío.

Sólo entonces, logro pensar coherentemente. Vamos a morir. Todos lo sabemos, todos chillamos y Jay el que más. Sin embargo, me recuerdo, la mala fortuna me ha hecho diferente, y se me da la oportunidad de convertirla en buena. Voy a salvarles o moriré en el intento. Así sabrán que les quiero.
Todo esto lo decido en un segundo (ventajas de una mente rápida) y al siguiente abro la puerta y me lanzo de cabeza a través de ella. Caigo. Poco a poco, voy ganándole terreno al coche por el rozamiento, mi cuerpo es más aerodinámico. Logro colocarme debajo y, agrarrándolo con las dos manos, lo empujo hacia arriba con todas mis fuerzas, que resultan ser más de las esperadas. El auto con mi familia dentro sale disparado por los aires y, mientras yo sigo con mi caída libre, veo aliviada como chocan contra la montaña del otro lado del barranco y se acoplan de pie en la otra carretera. Una vez me cerciono de que están a salvo, me concentro en la velocidad a la que se acerca el suelo. Y en tres segundos me alcanzará. O yo a él.

Uno. Pienso en mi familia, a la que he salvado de una muerte segura y me siento orgullosa. Dos. A lo mejor ahora se dan cuenta de que sólo he cambiado en parte, que sigo siendo la misma persona. Tres. El suelo sale a mi encuentro y me besa, un beso brutal, como la embestida de un tsunami, la erupción de un volcán o el puñetazo de un coloso. La tierra me rodea por todas partes, me entra arena en las orejas, la nariz y la boca. Permanezco inmóvil unos minutos en mi prisión de tierra y, entonces, abro los ojos. No puedo creerlo... ¡Estoy viva! ¿Cómo es posible? A ver, lo primero es salir de aquí. Veo algo de luz donde supongo que estará arriba y escarbo en esa direccción. Sólo entonces me percato de lo dolorido que tengo el cuerpo, de lo que me cuesta moverme; pero, pensándolo bien, cualquiera a estas alturas estaría muerto así que a dar gracias a Dios.

Emerjo dándome cuenta de que me caída había creado un agujero de unos cuantos metros de profundidad, como el que haría un meteorito. ¿Será mi piel tan dura como la roca? A saber... Me arrastro hasta la base del puente e intento pensar en como subir. Escalarlo, imposible; la piedra es absolutamente lisa. Sin embargo, no hay otro camino. No sería la primera sorpresa del día de hoy.

Tenso todos mis músculos, pego un gran salto que me aúpa a la pared y dejo que actúe el instinto de supervivencia. Clavo los dedos en la roca plana y, no sé cómo, penetran en ellacreando un asidero. Así continúo, creándome mis propios agarres, hasta alcanzar la cima del puente. Allí, me derrumbo, sin fuerzas para nada.

Tengo vagos recuerdos de la cara preocupada de mi madre, los lloros de Jay o los brazos de mi padre transportándome hasta el coche que, vaya ironía, está casi intacto. Una vez allí, alcanzo a oír: "La hemos fallado, nos necesitaba y la hemos fallado". "Todavía podemos solucionarlo" "Pero no sabemos que hacer..." "Por esa razón hemos de llebarla al Doctor Kendo, él sabrá que hacer... Te queremos, Exia".

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